dimarts, 3 de desembre de 2013

El final del camí

 

Los que llegan a Melilla son “los supervivientes”, la mayoría muere por el camino

 

Director del CETI de Melilla: “El camino hasta la valla es un crudo proceso de selección natural”

 

La “valla” de Melilla es un sistema de valla triple reforzado con cuchillas y alambradas

Irene López, 30 de noviembre de 2013 a las 15:45
(Irene López Alonso, enviada especial a Melilla)- El problema no son sólo las cuchillas. La valla de Melilla es un complejo sistema de seguridad que pensaríamos infranqueable si no supiéramos que muchos lo han logrado traspasar: Una reja de seis metros de altura coronada por dos metros más de valla abatible (incorporada a principios del verano pasado por el Gobierno), de manera que, si un inmigrante logra trepar los primeros seis metros, al llegar a la parte más alta de la valla su propio mecanismo le empuja hacia abajo. Un macabro reflejo de la condena de Sísifo, obligado a cargar de nuevo con la piedra una vez coronaba la cumbre.
Además, las polémicas concertinas (alambradas en espiral con pequeñas cuchillas afiladas) están repartidas a distintas alturas por toda la longitud de la valla. A la mitad o incluso a ras de suelo, estas cuchillas, que se pueden distinguir porque relucen con el sol, son sin embargo camufladas por la maraña de alambradas que hay entre valla y valla.
Y es que, aunque se hable de valla (en singular), la frontera que divide Marruecos y Melilla es en realidad un sistema de valla triple, atravesado por hierros con los que se pretende herir a los inmigrantes que logran saltar la primera verja.
"Cuando uno cae entre valla y valla, rápidamente llegan los militares marroquíes y lo apresan", explica Francisco Salvador, de la Asociación melillense Amigos por la Solidaridad.
Todo el perímetro de seguridad está vigilado por cámaras, y todavía hay tramos donde se puede ver a los operario colocando las cuchillas por orden del Ministerio del Interior de España, pero del lado marroquí de la frontera.

Los supervivientes
Tras ver de cerca la valla y después de que un militar marroquí nos dijera desde detrás de la alambrada que no se puede fotografiar en la "zona de seguridad", nos desplazamos unos metros hasta el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla, donde se encuentran "los supervivientes". Los que han conseguido atravesar la valla y entrar a España. En su puerta, los inmigrantes magrebíes y subsaharianos pueden ver, detrás de los alambres, el monte donde estuvieron malviviendo hasta poder cruzar la valla.
"Estamos sobrepasados", nos cuenta Carlos Montero, el director del centro, "pero prefiero que entren apretados a que estén durmiendo en la calle".
Carlos Montero es un militar retirado, pero no lo parece. Lo encontramos en su despacho rodeado de una multitud de niños del CETI, que juegan con su ordenador y revuelven sus cosas descontroladamente, pidiéndole caramelos o echándole los brazos para que les coja.
Había concertado una cita con el Padre Ángel para enseñarle el centro, y mientras caminamos por las instalaciones de esa micro ciudad, sus habitantes le saludan con cariño.
Vemos mujeres lavando y tendiendo ropa, niños correteando por las calles de ese pequeño pueblo, argelinos viendo la televisión en el comedor común o charlando entre ellos como cualquier grupo de vecinos.
Montero nos enseña los almacenes donde guardan todos los productos con los que surten a los residentes del CETI (jabón y demás productos de higiene, mantas, utensilios, ropita de bebé), y nos cuenta que los 163 niños del centro están escolarizados.
A pesar de que el CETI alberga en estos momentos al doble de su aforo, sus habitantes pueden salir y entrar libremente, reciben tres comidas al día y viven dignamente en pequeñas habitaciones compartidas. El que menos, tiene una litera en uno de los últimos módulos que han tenido que ampliar urgentemente, para evitar que faltaran camas de cara al invierno.

La crueldad de Darwin
Un grupo de subsaharianos estaba pintando la silueta de África en una de las paredes del CETI cuando Carlos Montero nos llevó a ver la enfermería. Allí, una doctora cubana nos contó que las principales enfermedades de los residentes del CETI son la tuberculosis y el Sida. "Pero aún así tienen una salud de hierro", nos explicó la médico. Y el director del centro aclaró: "Hasta aquí sólo llegan los más fuertes. El camino hasta la valla es un crudo proceso de selección natural".
Y es que la valla, en realidad, es tan sólo la última etapa de la terrible odisea de los inmigrantes, que abandonan su país teniendo que atravesar otros muchos. Si son subsaharianos tienen que cruzar también el desierto, sobrevivir a las tormentas, burlar muchas otras fronteras, y finalmente soportar los palos de la policía de Marruecos cuando llegan al monte Gurugú.
Y ni siquiera eso es garantía de nada: En el último salto masivo a la valla, cuando todavía no habían sido colocadas las cuchillas, un hombre murió al caer desde los ocho metros de altura.
La dolorosa realidad es que los que llegan hasta Melilla son "los fuertes", los supervivientes. La mayoría se queda atrás, sepultada por la ignominia.