dimecres, 17 de juny del 2026

Un article per reflexionar de debò

 


Cuando el mercado se come al prójimo

Artículo con motivo del 135º aniversario de la publicación de Rerum Novarum
Por Fernando Redondo Benito, miembro del Consejo asesor de la Pastoral del Trabajo de la CEE


Hay fechas que no vienen a pedir nostalgia, sino lucidez. El 15 de mayo es una de ellas. No es solo una marca en la historia social de la Iglesia, ni una coincidencia feliz en el calendario del magisterio. Es una ventana abierta a una de las aportaciones más hondas, más necesarias y más incómodamente actuales del cristianismo al mundo contemporáneo: la Doctrina Social de la Iglesia.

Un 15 de mayo fueron firmadas tres encíclicas sociales decisivas: Rerum Novarum, de León XIII, en 1891; Quadragesimo Anno, de Pío XI, en 1931; y Mater et Magistra, de Juan XXIII, en 1961. Tres textos nacidos en momentos distintos, con acentos propios y preocupaciones históricas diferentes, pero unidos por una misma intuición de fondo: la economía necesita mirarse en un espejo moral. La sociedad necesita preguntarse qué hace con los más débiles. El mundo del trabajo necesita recordar que ninguna persona empieza a valer cuando empieza a producir.

Ese espejo es la Doctrina Social de la Iglesia. No un adorno doctrinal. No una reserva de frases nobles. No una vitrina para especialistas. Es un espejo exigente, limpio, evangélico, que devuelve rostro a lo que muchas veces el sistema convierte en cifra. Cuando la economía se mira en él, descubre si sirve a la vida o la usa. Cuando la política se mira en él, descubre si busca el bien común o administra equilibrios de poder. Cuando la empresa se mira en él, descubre si trata con personas o con recursos. Cuando la sociedad se mira en él, descubre si el prójimo sigue siendo prójimo o ha sido devorado por la lógica del beneficio.

La Doctrina Social de la Iglesia no es un apéndice del Evangelio. Es una de sus consecuencias históricas más claras. Nace de Jesús cuando anuncia la buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos. Nace cuando multiplica el pan y no tolera que la multitud hambrienta sea despedida con palabras bonitas. Nace cuando pone en el centro al herido del camino y convierte al samaritano en medida de la verdadera religión. Nace cuando identifica su presencia con el hambriento, el sediento, el forastero, el desnudo, el enfermo y el preso. Nace cuando el Evangelio deja de ser una idea piadosa y se convierte en criterio para organizar la vida.

Por eso la Doctrina Social no es una ideología bautizada, ni una sociología con barniz religioso, ni una sensibilidad opcional para cristianos inquietos. Es Evangelio desplegado en la historia. Es el intento de tomar en serio que el mandamiento del amor no se queda en la emoción privada, sino que pregunta por el salario, la vivienda, la empresa, la propiedad, el descanso, los cuidados, la tierra, la participación y el destino de los bienes. Amar al prójimo no puede significar solo conmoverse ante su dolor. Significa también preguntarse qué estructuras lo producen, qué decisiones lo agravan y qué conversión social puede aliviarlo de raíz.

Porque el mercado se come al prójimo cuando una persona trabaja y sigue siendo pobre. Cuando un joven encadena contratos breves y ve cómo la vida adulta se le retrasa sin explicación. Cuando una familia necesita dos sueldos para no hundirse y aun así vive pendiente del alquiler, del supermercado, de la luz o de una avería inesperada. Cuando una mujer migrante cuida a nuestros mayores y su propia vida queda en segundo plano. Cuando un agricultor alimenta y no puede vivir dignamente de alimentar. Cuando una empresa habla de valores, pero subcontrata precariedad. Cuando el precio se sienta en el centro y la dignidad queda esperando en la puerta.

La Doctrina Social de la Iglesia no viene a negar la economía, la empresa, la técnica ni el progreso. Viene a preguntarles por su alma. No desprecia la actividad económica. La toma tan en serio que la considera un lugar moral. Allí se decide demasiado: el pan, el descanso, la vivienda, el futuro, el cuerpo, los cuidados, la participación, la esperanza. Allí se ve si una sociedad ha puesto a la persona en el centro o si solo la invoca cuando conviene.

Rerum Novarum nació en un mundo que había descubierto la potencia de la máquina y, demasiadas veces, había olvidado la dignidad del trabajador. La industrialización prometía progreso, pero dejaba tras de sí jornadas agotadoras, salarios insuficientes, familias sometidas a la necesidad y trabajadores entregados a una dependencia feroz. León XIII vio esa herida y la nombró. Vio a los obreros “aislados e indefensos” y recordó a la modernidad que el trabajador no es una cosa.

Parece una afirmación elemental. No lo era entonces. Tampoco lo es ahora.

No lo es cuando la flexibilidad se convierte en inseguridad permanente. No lo es cuando la productividad sirve para exigir más sin cuidar mejor. No lo es cuando el descanso parece un privilegio. No lo es cuando los cuidados, tan esenciales, siguen descansando sobre espaldas invisibles y mal pagadas. No lo es cuando trabajar ya no garantiza salir de la pobreza. No lo es cuando el lenguaje económico llama ajuste a lo que, visto desde abajo, es miedo.

Ahí Rerum Novarum sigue teniendo una actualidad punzante. Nos ayuda a mirar el trabajo no como una simple relación contractual, sino como un lugar de dignidad. Nos recuerda que el salario no es solo una magnitud económica. Es una cuestión moral. Que el tiempo del trabajador no es propiedad total de la empresa. Que el cansancio importa. Que la familia importa. Que el domingo importa. Que la salud mental importa. Que el futuro importa. Que una economía puede crecer y, sin embargo, fracasar humanamente si crece sobre vidas estrechadas.

La Doctrina Social de la Iglesia nos presta ese espejo para no acostumbrarnos. Porque una sociedad se acostumbra a casi todo. Se acostumbra a los trabajadores pobres. A los alquileres imposibles. A la precariedad juvenil. A las soledades urbanas. A la desigualdad obscena. A que quien limpia, cuida, recoge, transporta o sirve desaparezca de nuestra conversación pública. La Doctrina Social interrumpe esa costumbre. Nos devuelve sensibilidad. Nos impide llamar normal a lo que no debería serlo.

Cuarenta años después, Quadragesimo Anno amplió el diagnóstico. Pío XI entendió que el problema no estaba solo en abusos concretos o en relaciones laborales injustas. Había algo más amplio, más frío, más estructural: una economía que podía organizar la sociedad entera según sus propios intereses. Su expresión, “dictadura económica”, conserva una fuerza inquietante. No pertenece al archivo. Pertenece al presente.

La dictadura económica no siempre se presenta con violencia visible. A veces aparece como sentido común. Dice que no hay alternativa. Dice que la vivienda es un activo antes que un hogar. Dice que los salarios deben esperar. Dice que el campo debe competir aunque se vacíe. Dice que los cuidados son vocación y, por eso, pueden pagarse mal. Dice que la vida debe adaptarse a la economía y no la economía a la vida.

Frente a esa lógica, Quadragesimo Anno ofrece una arquitectura moral: justicia social, bien común, subsidiariedad, función social de la propiedad, responsabilidad pública, cuerpos intermedios, comunidad organizada. Palabras grandes, sí, pero nada abstractas. Se juegan en una nómina justa, en una vivienda posible, en una baja laboral respetada, en una negociación colectiva, en una cooperativa, en una asociación de barrio, en una comunidad cristiana que conoce las heridas laborales de su gente, en una política pública que no abandona a quienes menos fuerza tienen.

Aquí el Evangelio vuelve a resultar decisivo. Jesús no habló de un amor sin cuerpo. Habló de pan compartido, de deudas perdonadas, de jornaleros llamados a la viña, de ricos encerrados en su riqueza, de pobres sentados a la mesa, de últimos que pasan delante, de administradores que deben rendir cuentas. Su palabra no permite una economía sin responsabilidad ni una religiosidad indiferente al dolor social. Cuando Jesús dice “dadles vosotros de comer”, desmonta la coartada de quien quiere despedir el hambre con buenos sentimientos. Cuando dice “lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”, convierte al pobre en lugar de verificación de la fe.

La subsidiariedad, tantas veces encerrada en lenguaje técnico, es una idea profundamente humana. Nadie debe ser absorbido por poderes que lo empequeñecen. Ni por un Estado que lo reduce todo a expediente, ni por un mercado que lo reduce todo a precio. Entre el individuo solo y los grandes poderes está la vida real: familias, sindicatos, asociaciones, barrios, cooperativas, parroquias, cofradías, movimientos, redes de cuidado, instituciones cercanas. Cuando todo eso se debilita, no nace una libertad más pura. Nace intemperie. Y en la intemperie, casi siempre pierde el más débil.

Después llegó Mater et Magistra. Juan XXIII ensanchó la mirada. La cuestión social ya no podía encerrarse en la fábrica, ni en la clase, ni en la nación. Hambre, desarrollo, agricultura, tecnología, desigualdad entre pueblos, paz y participación de los trabajadores entraban en el mismo mapa moral. El Papa bueno no fue ingenuo. Su bondad era una forma de lucidez evangélica.

Mater et Magistra nos recuerda que el prójimo no está solo cerca. Está también lejos, unido a nosotros por cadenas invisibles de economía. Está en quien produce barato para que otros consuman barato. Está en quien migra porque su tierra ha sido empobrecida. Está en quien recoge alimentos que otros especulan. Está en quien cose, limpia, transporta, cuida y desaparece. Está en los pueblos subalimentados de los que Juan XXIII nos declaró solidariamente responsables.

Responsables. No solo conmovidos. Responsables.

Esa palabra cambia la mirada. Responsabilidad significa que algo de la vida del otro depende también de mí. De mi manera de consumir, votar, callar, exigir, contratar, comprar, invertir, organizar la caridad, hacer política y vivir la fe. La solidaridad cristiana no es una emoción noble. Es una forma de obediencia.

Y aquí aparece de nuevo el Evangelio en su forma más concreta. La parábola del buen samaritano no pregunta por ideas generales sobre la compasión. Pregunta quién se detiene, quién se acerca, quién cura, quién carga, quién paga, quién vuelve. La compasión evangélica tiene coste, tiempo, gesto y consecuencia. Por eso la Doctrina Social de la Iglesia desarrolla esa misma lógica en clave histórica: no basta ver al herido en el camino; hay que preguntarse también por qué tantos caminos producen tantos heridos.

Juan XXIII habló también de la participación de los trabajadores en la empresa. Esta intuición sigue siendo profundamente actual. Participar no es ser informado al final. No es recibir discursos motivacionales. No es llevar la camiseta de una organización que luego no comparte voz ni responsabilidad. Participar es contar de verdad. Es ser considerado sujeto y no pieza. Es construir la empresa como comunidad humana y no como máquina de rendimiento.

La empresa, vista desde la Doctrina Social de la Iglesia, no es un territorio moralmente neutro. Puede ser lugar de dignidad, corresponsabilidad, justicia, cooperación y desarrollo humano. Puede ser espacio donde el beneficio legítimo conviva con la participación, donde la productividad no aplaste el cuidado, donde la organización recuerde que trata con personas y no con piezas. Si una empresa gana mucho y humaniza poco, el espejo de la Doctrina Social le ayuda a ver qué debe corregir. Si habla de valores, ese espejo le pregunta cómo se traducen en salarios, horarios, estabilidad, conciliación, trato y participación.

Aquí aparece una tarea luminosa para la Iglesia y para toda la sociedad. La Iglesia custodia en la Doctrina Social una brújula de enorme valor público. No para imponer, sino para proponer. No para invadir, sino para iluminar. No para sustituir la responsabilidad de la política, de la empresa o de la sociedad civil, sino para recordar que ninguna organización humana puede construirse sanamente dejando a la persona en los márgenes.

El 15 de mayo, por eso, no nos deja solo tres documentos para recordar. Nos deja un espejo para mirar la realidad y mejorarla. Un espejo para la economía, para que no confunda valor con precio. Un espejo para la empresa, para que no confunda personas con recursos. Un espejo para la política, para que no confunda gestión con bien común. Un espejo para la sociedad, para que no confunda consumo con felicidad. Un espejo para el mundo laboral, para que nunca acepte como inevitable lo que hiere la dignidad.

Ese espejo también permite reconocer lo que ya brota como signo de esperanza: empresas que cuidan mejor, sindicatos que defienden derechos, cooperativas que reparten responsabilidad, comunidades que acompañan a personas desempleadas, iniciativas sociales que sostienen familias, trabajadores que no renuncian a su dignidad, movimientos eclesiales que mantienen viva la presencia cristiana en el mundo obrero, parroquias que comienzan a escuchar más de cerca la realidad laboral de sus barrios.

La Doctrina Social no es solo denuncia. Es también propuesta. No solo señala heridas. Abre caminos. Nos ayuda a ver qué debe cambiar y qué merece ser fortalecido. Nos enseña que una economía más humana no empieza en la abstracción, sino en decisiones concretas: pagar justamente, contratar dignamente, cuidar el descanso, prevenir accidentes laborales, escuchar a los trabajadores, respetar convenios, no abusar de la necesidad, favorecer la conciliación, acompañar a quien pierde el empleo y poner la vida por encima del rendimiento.

La radicalidad cristiana no consiste en gritar más. Consiste en ir más al fondo. Y el fondo es este: la economía no es solo un problema técnico. Es un lugar espiritual. Allí se decide qué adoramos. Si adoramos a Dios o al ídolo del beneficio. Si creemos en la fraternidad o en la competencia sin piedad. Si defendemos la dignidad o la subordinamos al margen. Si miramos al trabajador como hermano o como coste.

Las tres encíclicas firmadas un 15 de mayo no responden con evasivas. Rerum Novarum señala la dignidad del trabajador. Quadragesimo Anno denuncia el poder económico cuando pretende gobernarlo todo. Mater et Magistra ensancha la solidaridad hasta hacerla mundial. Juntas forman una interpelación directa a la economía, a la sociedad, a la política, a la empresa y al mundo del trabajo: no se puede construir humanidad dejando a la persona en los márgenes.

En el momento de escribir estas palabras, nos encontramos ante tres encíclicas firmadas en un 15 de mayo que siguen haciendo de la Doctrina Social de la Iglesia un desarrollo vivo del Evangelio. No cierran una tradición. La abren. Ahora queda ampliar esas reflexiones y esas aportaciones, dejando que el Evangelio vuelva a preguntar por las heridas concretas de nuestro tiempo. Y queda esperar otro 15 de mayo que, posiblemente, sea histórico y dé un paso nuevo en el ámbito de la Doctrina Social de la Iglesia. Si llega, no será solo una fecha más. Será otra llamada a mirar mejor, a preguntar más hondo y a comprometernos con más verdad.


Font: Conferencia Episcopal Española

Vivències obreres davant la visita del Papa Lleó XIV

El ressò de la justícia social a l’Estadi Olímpic




Crònica de la vetlla de pregària amb el papa Lleó XIV











Encara tinc molt present el record del moment en què el papa Lleó XIV va entrar a l’Estadi Olímpic de Montjuïc el dimarts 9 de juny passat. Érem unes 40.000 persones, però per a nosaltres, la cinquantena de persones militants de l’ACO que hi érem presents, no era un simple acte de masses ni una celebració litúrgica més. Era una cita compromesa. Veníem de viure de prop la precarietat en els nostres àmbits, amb nombroses persones que no poden accedir a un habitatge digne ni a una feina estable.

L’ambient ja s’havia anat escalfant des de la tarda amb una primera part musical molt potent, amb les actuacions de grups de gòspel, la versió rumbera de “Boig per tu” a càrrec de Sabor de Gracia i artistes com Siloé, Beret, Conchita i la complicitat d’Alfred García i Álvaro Soler cantant junts.

Mentre esperàvem, mirava al voltant i m’adonava que allà dins i a les cues que vam fer per esperar per entrar hi coexistien ideologies i sensibilitats molt diferents. Des dels sectors més conservadors de l’Església fins a moviments progressistes i de base com el nostre, passant per gent que potser s’ho mirava des d’una distància purament cultural. No tothom entenia la fe de la mateixa manera, però precisament aquesta pluralitat feia que el moment fos més intens.

L’estadi va esclatar literalment quan va aparèixer el papamòbil. Veure’l recórrer la pista de l’estadi, tan a prop de la gent, saludant mentre tothom aplaudia i l’aclamava, ens va unir a tots i totes per uns instants en una mateixa aclamació.

Quan Lleó XIV va prendre la paraula, el seu discurs no va ser de complaença, sinó que va connectar de ple amb la fe i la justícia social. Va denunciar l’economia que mata, però també va escoltar el testimoni d’una noia amb un pare que havia maltractat la seva mare. Llavors el Papa va alçar la veu contra la xacra dels feminicidis, qualificant-los de “ferida oberta en el cor de Déu i una vergonya per a la humanitat”. El Sant Pare també va parlar obertament d’una “joventut ofegada per la manca de futur, l’ansietat de l’èxit i l’aïllament digital”, i va exigir colpejar les consciències davant de l’augment de les depressions i els suïcidis entre els joves.

Però si el discurs va sacsejar, el tram final de l’acte a l’Estadi va acabar d’emocionar. Per tancar la vigília, l’Escolania de Montserrat va cantar el Virolai i després el cantant Sergio Dalma s’hi va unir a l’escolania per interpretar Em dones força, divuit anys després de la primera versió que van cantar plegats en català. Escoltar el vers “Em dones força per superar els obstacles, em dones força per creuar l’oceà” sota el cel de Montjuïc va semblar una pregària col·lectiva, una injecció d’esperança per a totes les nostres lluites diàries i per continuar sent, des de l’ACO, apassionats i apassionades per fer el bé.


Àngela Rodríguez, coordinadora d'ACO 



El eco de la justicia social en el Estadio Olímpico

Crónica de la vigilia de plegaria con el papa León XIV


Todavía tengo muy presente el recuerdo del momento en que el papa León XIV entró al Estadio Olímpico de Montjuic el martes 9 de junio pasado. Éramos unas 40.000 personas, pero para nosotros, la cincuentena de personas militantes de ACO que estábamos presentes, no era un simple acto de masas ni una celebración litúrgica más. Era una cita comprometida. Veníamos de vivir de cerca la precariedad en nuestros ámbitos, con numerosas personas que no pueden acceder a una vivienda digna ni a un trabajo estable.

El ambiente ya se había ido calentando desde la tarde con una primera parte musical muy potente, con las actuaciones de grupos de gospel, la versión rumbera de “Boig per tu” a cargo de Sabor de Gracia y artistas como Siloé, Beret, Conchita y la complicidad de Alfred García y Álvaro Soler cantando juntos.

Mientras esperábamos, miraba alrededor y me daba cuenta que allá dentro y en las colas que hicimos esperando para entrar coexistían ideologías y sensibilidades muy diferentes. Desde los sectores más conservadores de la Iglesia hasta movimientos progresistas y de base como el nuestro, pasando por gente que quizás se lo miraba desde una distancia puramente cultural. No todo el mundo entendía la fe del mismo modo, pero precisamente esta pluralidad hacía que el momento fuese más intenso.

El estadio estalló literalmente cuando apareció el papamóvil. Verlo recorrer la pista del estadio, tan cerca de la gente, saludando mientras todo el mundo aplaudía y lo aclamaba, nos unió a todos y todas por unos instantes en una misma aclamación.

Cuando León XIV tomó la palabra, su discurso no fue de complacencia, sino que conectó de lleno con la fe y la justicia social. Denunció la economía que mata, pero también escuchó el testimonio de una chica con un padre que había maltratado a su madre. Entonces el Papa levantó la voz contra la lacra de los feminicidios, calificándolos de “herida abierta en el corazón de Dios y una vergüenza para la humanidad”. El Santo Padre también habló abiertamente de una “juventud ahogada por la carencia de futuro, la ansiedad del éxito y el aislamiento digital”, y exigió golpear las conciencias ante el aumento de las depresiones y los suicidios entre los jóvenes.

Pero si el discurso sacudió, el tramo final del acto al Estadio acabó de emocionar. Para cerrar la vigilia, la Escolanía de Montserrat cantó el Virolai y después el cantante Sergio Dalma se unió a la escolanía para interpretar Em dones força, dieciocho años después de la primera versión que cantaron juntos en catalán. Escuchar el verso “Me das fuerza para superar los obstáculos, me das fuerza para cruzar el océano” bajo el cielo de Montjuic pareció una plegaria colectiva, una inyección de esperanza para todas nuestras luchas diarias y para continuar siendo, desde ACO, apasionados y apasionadas por hacer el bien.


Àngela Rodríguez, coordinadora de ACO 



Font: Acció Catòlica Obrera 


dimarts, 9 de juny del 2026

Trobar-nos amb Déu amb la roba de treball

 


El treball com a lloc per trobar Déu

Mireia Poch

 

La societat posa la feina al centre. Sovint la veiem com un deure, una font de pressió o simplement una cosa que hem de superar. Forma part de la vida, ocupa moltes hores i marca el ritme dels nostres dies. Per això també és un lloc on està en joc alguna cosa important de la nostra vida interior. 

Des d’una perspectiva cristiana, la feina té un valor que va més enllà del que produeix. No es tracta només de resultats o de rendiment. Es tracta de la persona, de com abordem allò que fem i de la manera com ens relacionem amb els altres. La feina pot ser un lloc on creixem, on aprenem i on fem una contribució positiva.

Jesús mateix va passar molts anys treballant en les seves tasques diàries. La seva vida a Natzaret era senzilla, composta per tasques ordinàries, sense res d’extraordinari als ulls dels altres. Això projecta una llum especial sobre la nostra feina diària. Ens aproxima a Déu, fent-ne un lloc on també podem estar en la seva presència.

Al llarg del dia, entre reunions, tasques i decisions, és fàcil perdre de vista les coses, anar amb presses i perdre el contacte amb un mateix. Prendre’s un moment per mirar cap a dins, aturar-se breument i recordar per a qui i per què treballem pot canviar la manera com ho experimentem. No cal fer res de l’altre món. Només cal un moment de reflexió per ajudar a reorientar la teva atenció. 

La feina també comporta les seves pròpies limitacions, fatiga i dificultats. Les coses no sempre surten com un espera. En moments com aquests, la fe ens ajuda a veure les coses de manera diferent. Ens ajuda a no centrar-nos només en allò que ens falta o en les dificultats, sinó a seguir endavant amb propòsit. 

Ens podem aturar un moment mirar amb més mesura la pròpia feina. Per estar agraïts pel que tenim, per reconèixer l’esforç que comporta i per confiar-ho tot a Déu. Perquè també allà, enmig de la vida quotidiana, Ell és present.

  

El trabajo como lugar de encuentro con Dios

Mireia Poch

 

La sociedad pone el trabajo en el centro. Muchas veces lo vivimos como una obligación, una fuente de presión o simplemente como algo que hay que sacar adelante. Forma parte de la vida, ocupa muchas horas y marca el ritmo de los días. Por eso, también es un lugar donde se juega algo importante de nuestra vida interior.

Desde la fe cristiana, el trabajo tiene un valor que va más allá de lo que produce. No se trata solo de resultados o de rendimiento. Tiene que ver con la persona, con cómo estamos en lo que hacemos y con la manera en que nos relacionamos con los demás. El trabajo puede ser un espacio donde crecer, donde aprender, donde aportar algo bueno.

Jesús mismo vivió muchos años trabajando en lo cotidiano. Su vida en Nazaret fue sencilla, hecha de tareas normales, sin nada extraordinario a los ojos de los demás. Eso da una luz especial al trabajo de cada día. Lo acerca a Dios, lo hace un lugar donde también se puede estar en su presencia. 

A lo largo del día, entre reuniones, tareas o decisiones, es fácil perderse, ir con prisa y desconectarse de uno mismo. Volver un momento al interior, tomar una breve pausa, recordar para quién y para qué trabajamos, puede cambiar la forma de vivirlo. No hace falta hacer grandes cosas. Basta con un gesto interior que ayude a centrar la atención.

También el trabajo pone delante límites, cansancio, dificultades. No siempre sale todo como uno espera. En esos momentos, la fe ayuda a mirar de otra manera. A no quedarse solo en lo que falta o en lo que cuesta, sino a seguir adelante con sentido.

Encontremos la ocasión para parar un momento y mirar el propio trabajo con más calma. Agradecer lo que hay, reconocer lo que cuesta y poner todo ello en manos de Dios. Porque también ahí, en medio de lo cotidiano, Él está presente.


Font: Meditación y fe

Aproximació a una encíclica dels nous temps

 


Magnífica Magnifica Humanitas

Manu Andueza 


El 25 de maig, després d’un temps d’espera i moltes ganes, vam poder llegir la primera encíclica de Lleó XIV. Una encíclica esperada que havia generat no poca expectació.

Sabíem de la preocupació del Papa per la situació antropològica. Ho havia manifestat en diferents ocasions: a la carta als educadors, en el viatge a l’Àfrica… Aquí torna sobre el tema, aportant motius de la seva preocupació i també propostes —que no pas respostes—. 

Comença amb una frase —«La magnífica humanitat que Déu ha creat es troba avui davant d’una elecció decisiva: aixecar una nova torre de Babel o edificar la ciutat on Déu i la humanitat habiten junts»— que ens recorda Fratelli tutti i l’aposta de Francesc davant el fratricidi de la fraternitat. 

En aquest mateix inici, ens fa tornar la mirada cap a Jesucrist, referència de plenitud per als cristians i les cristianes, rostre de la misericòrdia de Déu (Misericordia vultus). Alhora, des d’aquest ancoratge que és el Crist experimentat des de l’Esperit, fidel al seu record constant i al desig de potenciar la Doctrina Social de l’Església, ens convida a col·laborar en la promoció del «desenvolupament integral» de cada individu per identificar «nous camins per al bé comú».

Ja des d’un inici el Papa ens posa un marc referencial evident: la pregària i la fe en un Déu que és trinitari i, per tant, relació; la caritat-misericòrdia com a resposta i clau davant les necessitats d’aquest món; i el desig de generar unitat des de la fraternitat.

El Papa busca els «nous assumptes», aquelles realitats que marquen l’esdevenir del nostre món. I és aquí on situa una preocupació personal: la qüestió de la tècnica i la digitalització. Des del començament reconeix que aquesta no és contrària per se a la persona, però en el moment actual el seu creixement exponencial obre nous horitzons que obliguen a revisar i avaluar el seu impacte des de la perspectiva del bé comú. És un repte —diu el Papa— que «ens correspon assumir amb lucidesa i responsabilitat».

L’encíclica no pretén donar respostes, sinó «iniciar un discerniment compartit» que ens ajudi a buscar-ne, reconeixent «l’autonomia de les realitats terrenals i la distinció de competències entre la comunitat eclesial i la política», així com també la de les diverses ciències, amb les quals convida a establir un «diàleg fecund».

Per a això, reconeixent el lloc «privat» des d’on neix aquest nou poder tecnològic, ens ofereix dues imatges bíbliques que ens poden ajudar en el discerniment: la construcció de la torre de Babel (Gn 11,1-9) i la reconstrucció dels murs de Jerusalem (Ne 2-6). Amb aquestes línies, ens convida a superar «la idolatria del lucre» per tal d’«edificar junts, transformant la diversitat en un recurs i fent de l’escolta i del diàleg el terreny comú on fer créixer la justícia i la fraternitat».

El text ens ofereix, a més, un recorregut per la Doctrina Social de l’Església que ens ajuda a entendre-la. Fidel a aquesta, Lleó XIV ens ofereix punts clau de discerniment i avaluació de la nostra relació amb les tecnologies imminents. Són els diferents principis de la DSE els que ens poden ajudar a avaluar i situar aquest discerniment: des del bé comú, el principi de subsidiarietat, la solidaritat i la justícia social. Això convergeix, en un primer moment, en un «examen de consciència per a l’Església» des d’on treballar i proposar respostes. Sens dubte, una gran tasca de mirada ad intra per poder ser testimoni i proposta ad extra. Una cura d’humilitat i honestedat.

En un segon moment, només després del recorregut que ens ha ajudat a recordar on som i per a què, s’aborda el tema de la tecnologia i es mira cap a aquesta IA tan parlada, tan usada i tan temuda. Només ara podem construir una bateria de preguntes que ens permetin situar el tema a la llum de l’Evangeli i de la DSE per donar una resposta que dignifiqui la humanitat.

El que el Papa exposa sobre la qüestió tecnològica i la IA ho deixo al lector. Em sembla un gran encert el camí recorregut per abordar-ho, i valoro aquest procés com a fonamental per no donar respostes ràpides. Només des d’una realitat conscient i patent es pot abordar un tema complex en el nostre temps. Però el camí per fer-ho ens pot ajudar a donar una resposta serena i encertada al nostre món.

Així mateix, l’encíclica ens situa també davant els plantejaments del transhumanisme i del posthumanisme, recuperant la preocupació antropològica de la qual neix el text. Per respondre-hi, Lleó XIV mira allò que ens fa ser més humans, allò que és reconegut des d’una lectura teològica de les perifèries, espai per trobar la veritat i reconèixer la dimensió humana. Per això, el text continua situant l’ésser humà, clar protagonista del text, davant la realitat social que viu, i des d’aquí respondre a les necessitats actuals des de la cura en aquests moments de transformació.

El text i la proposta que hi ha inscrita ens demanen temps, una cosa que sembla que avui passa abans d’arribar. Tanmateix, pot ser la proposta que oferim al món. Temps, pausa per pensar, situar, aclarir i potenciar la plenitud humana. Aquí —igual que en el seu viatge a l’Àfrica— destaca també el paper central de l’educació i l’escola. I torna sobre l’economia, element clau que cal superar en la seva dimensió homicida —recordem «l’economia que mata» del papa Francesc— per esdevenir un element fonamental en el respecte a la dignitat. 

Magnifica Humanitas acaba amb un al·legat a la llibertat, una llibertat vinculada a la formació de la consciència —tal com demana el Catecisme de l’Església catòlica i com també va anunciar en el seu viatge a l’Àfrica—. Només des d’aquesta llibertat superarem esclavatges, nous colonialismes i comprendrem la necessitat de sentir-nos responsables amb els nostres germans i germanes en l’edificació del bé comú. Serà la civilització de l’amor la que ens salvarà, i la que hem de construir els cristians i les cristianes posant al centre les víctimes d’aquest món. Com diu el Papa, «que cadascú es fixi bé de quina manera construeix» (1Co 3,10).

Convido a llegir el text amb pau, deteniment i disposició de conversió. Des de l’Evangeli i la fidelitat a les aportacions de la DSE podrem començar a pensar com construïm des de la realitat que tenim i les noves situacions que ens ofereix el món.

 

Magnífica Magnifica Humanitas

Manu Andueza


El 25 de mayo, después de un tiempo de espera y muchas ganas, pudimos leer la primera encíclica de León XIV. Una encíclica esperada y que había creado no poca expectación.

Sabíamos de la preocupación del Papa por la situación antropológica. En diferentes ocasiones lo había manifestado: en la carta a los educadores, en el viaje a África… Aquí vuelve sobre el tema, aportando motivos de su preocupación y también propuestas —que no respuestas—.

Comienza con una frase —«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos»—, que nos recuerda a Fratelli tutti y la apuesta de Francisco ante el fratricidio de la fraternidad. 

En ese mismo inicio, nos hace volver la mirada a Jesucristo, referencia de plenitud para los cristianos y cristianas, rostro de la misericordia de Dios (Misericordia vultus). Al mismo tiempo, desde este anclaje que es el Cristo experimentado desde el Espíritu, fiel a su constante recuerdo y a las ganas de potenciar la Doctrina Social de la Iglesia, nos invita a colaborar en la promoción del «desarrollo integral» de cada individuo para identificar «nuevos caminos para el bien común».

Ya desde un inicio el Papa nos pone un marco referencial evidente: la oración y la fe en un Dios que es trinitario y, por lo tanto, relación; la caridad-misericordia como respuesta y clave a las necesidades de este mundo; y el deseo de generar unidad desde la fraternidad.

Busca el Papa los «nuevos asuntos», esas realidades que marcan el devenir de nuestro mundo. Y es aquí donde sitúa una preocupación personal: la cuestión de la técnica y la digitalización. Desde el inicio reconoce que esta no es contraria per se a la persona, pero en el momento actual su crecimiento exponencial abre nuevos horizontes que obligan a revisar y evaluar su impacto desde la perspectiva del bien común. Es un reto —dice el Papa— que «nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad».

La encíclica no pretende dar respuestas, sino «iniciar un discernimiento compartido» que nos ayude a buscarlas, reconociendo «la autonomía de las realidades terrenas y la distinción de competencias entre la comunidad eclesial y la política», así como también la de las diversas ciencias, con las que invita a establecer un «diálogo fecundo».

Para ello, reconociendo el lugar «privado» desde donde nace este nuevo poder tecnológico, nos regala dos imágenes bíblicas que nos pueden ayudar en el discernimiento: la construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (Ne 2-6). Con estas líneas, nos invita a superar «la idolatría del lucro» para «edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad».

El texto nos regala, además, un repaso por la Doctrina Social de la Iglesia que nos ayuda a entenderla. Fiel a ella, León XIV nos ofrece puntos clave de discernimiento y evaluación de nuestra relación con las inminentes tecnologías. Son los diferentes principios de la DSI los que nos pueden ayudar a evaluar y situar dicho discernimiento: desde el bien común, el principio de la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Esto converge, en un primer momento, en un «examen de conciencia para la Iglesia» desde donde trabajar y proponer respuestas. Sin duda, un gran trabajo de mirada ad intra para poder ser testimonio y propuesta ad extra. Una cura de humildad y honestidad.

En un segundo momento, solo después del recorrido que nos ha ayudado a recordar dónde estamos y para qué, se aborda el tema de la tecnología y se mira hacia esa IA tan hablada, tan usada y tan temida. Solo ahora podemos construir una batería de preguntas que nos permitan situar el tema a la luz del Evangelio y de la DSI para dar una respuesta que dignifique la humanidad.

Lo que el Papa expone sobre la cuestión tecnológica y la IA lo dejo para el lector. Me parece un enorme acierto el camino recorrido para abordarlo, y valoro este proceso como fundamental de cara a no dar respuestas rápidas. Solo desde una realidad consciente y patente se puede abordar un tema complejo en nuestro tiempo. Pero el camino para hacerlo nos puede ayudar a dar una respuesta serena y certera en nuestro mundo.

Asimismo, la encíclica nos sitúa también ante los planteamientos del transhumanismo y del posthumanismo, recuperando la preocupación antropológica de la que nace el texto. Para responder, León XIV mira a aquello que nos hace ser más humanos, aquello que es reconocido desde una lectura teológica de las periferias, espacio para encontrar la verdad y reconocer la dimensión humana. Por eso, el texto continúa situando al ser humano, claro protagonista del texto, ante la realidad social que vive, y desde aquí responder a las necesidades actuales desde el cuidado en estos momentos de trasformación.

El texto y la propuesta en él inscrita nos pide tiempo, algo que parece que en este momento pasa antes de llegar. Sin embargo, puede ser la propuesta que ofrezcamos al mundo. Tiempo, pausa para pensar, situar, aclarar y potenciar la plenitud humana. Aquí —igual que en su viaje a África— destaca también el papel central de la educación y la escuela. Y vuelve sobre la economía, elemento clave a ser superado en su dimensión homicida —recordemos «la economía que mata del papa Francisco»— para devenir un elemento fundamental en el respeto a la dignidad.

Magnifica Humanitas termina con un alegato a la libertad, una libertad vinculada a la formación de la conciencia —tal como solicita el Catecismo de la Iglesia católica y como anunció también en su viaje a África—. Solo desde esta libertad superaremos esclavitudes, nuevos colonialismos y comprenderemos la necesidad de sentirnos responsables con nuestros hermanos y hermanas en la edificación del bien común. Será la civilización del amor la que nos salve, y la que debemos construir los cristianos y las cristianas poniendo en el centro a las víctimas de este mundo. Como dice el Papa, «que cada cual se fije bien de qué manera construye» (1Co 3,10).

Invito a leer el texto con paz, detenimiento y disposición de conversión. Desde el Evangelio y la fidelidad a los aportes de la DSI, podremos empezar a pensar cómo construimos desde la realidad que tenemos y las nuevas situaciones que nos ofrece el mundo.


Font: Blog Cristianisme i Justícia

Visita del bisbe de Roma Lleó XIV

 


dijous, 4 de juny del 2026

Una encíclica per llegir evangèlicament la nostra realitat






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